Wednesday, September 16, 2026

¿Qué pasó con septiembre?

Por PEPEX para El Diario de Campeche

Hubo un tiempo en que septiembre no necesitaba que nadie nos explicara que era el mes patrio.

Se sentía.

Se veía en las calles, en las escuelas, en los comercios, en las casas. Aparecían las banderas, los adornos tricolores, los puestos de comida, las verbenas y las reuniones familiares. Llegaba el 15 de septiembre y, por encima de nuestras diferencias, ocurría algo curioso: todos sabíamos qué hacer.

Gritábamos.

¡Viva México!

Y lo gritábamos juntos.

No importaba demasiado por quién habíamos votado. No importaba si éramos de izquierda o de derecha. No importaba si estábamos de acuerdo o en desacuerdo con el gobierno. Durante unos minutos, septiembre conseguía algo que la política casi nunca consigue: recordarnos que había algo que compartíamos.

Hoy esa sensación parece distinta.

No significa que los mexicanos hayamos dejado de querer a México. De hecho, los datos disponibles contradicen esa idea. Una medición de 2026 reporta que 87% de los mexicanos dice sentirse muy orgulloso de su nacionalidad.

Entonces, ¿qué es lo que cambió?

Quizá no el amor por México.

Quizá cambió nuestra capacidad para vivir ese amor juntos.

Y aquí la política tiene algo que explicar.

Durante los últimos años, el discurso político nacional se ha acostumbrado a dividir el escenario entre buenos y malos, entre el pueblo y sus adversarios, entre quienes están de un lado de la transformación y quienes están del otro.

No es un fenómeno exclusivo de un partido ni nació ayer. Pero sería ingenuo ignorar que el actual discurso político desde Palacio Nacional ha hecho de la confrontación con los adversarios una presencia cotidiana de la conversación pública.

Y cuando la política se convierte todos los días en una batalla por definir quién representa al pueblo y quién está contra él, la división termina saliendo de los discursos y entrando a nuestras casas.

La discusión política llega a la familia.

A la mesa.

A las redes sociales.

A las amistades.

Y también, inevitablemente, a las celebraciones nacionales.

Por eso este Grito merece algo más que revisar si la arenga fue correcta, si se mencionó a tal héroe o si faltó tal personaje.

Este año, la presidente Claudia Sheinbaum gritó por un México “libre, independiente y soberano” y añadió referencias a pueblos indígenas, afromexicanos, migrantes, igualdad, justicia y otros conceptos contemporáneos. La ceremonia reunió a más de 180 mil personas en el Zócalo y tuvo como parte central del espectáculo la presentación de Intocable.

Todo eso puede ser perfectamente válido.

Pero hay algo que debería preocuparnos más.

¿Por qué una ceremonia que debería ser de todos necesita cada vez más contenido político contemporáneo para decirnos quiénes somos?

El Grito no debería pertenecerle a un gobierno.

Tampoco a un partido.

Ni a una ideología.

El Grito debería pertenecernos a todos.

Porque Hidalgo no dio aquel grito para fundar Morena, el PAN, el PRI, la izquierda, la derecha o cualquier otra etiqueta política que hoy utilizamos para clasificarnos.

Lo dio en un momento en que todavía no existía México como nación independiente.

Y justamente por eso el símbolo debería estar por encima de nuestras disputas actuales.

Hay algo más.

Este año volvimos a ver un enorme despliegue de producción: escenario, artistas, iluminación, seguridad, cierres viales y una programación que convirtió el Zócalo en un gigantesco espectáculo.

Pero un espectáculo no necesariamente produce comunidad.

Puede producir audiencia.

Puede producir entretenimiento.

Puede producir imágenes espectaculares.

Pero la comunidad es otra cosa.

La comunidad aparece cuando alguien que piensa distinto a nosotros puede gritar lo mismo que nosotros sin que tengamos que preguntarle primero de qué lado está.

Y quizá eso es precisamente lo que estamos perdiendo.

No el orgullo.

No el amor por México.

La capacidad de compartirlo.

Porque México sigue teniendo motivos para celebrar. Sigue teniendo una cultura extraordinaria, una historia compleja, una identidad profunda y millones de personas que se sienten orgullosas de haber nacido aquí.

Lo que parece haberse erosionado es aquella pequeña tregua nacional que septiembre ofrecía.

Antes podíamos pasar once meses discutiendo y, cuando llegaba septiembre, por una noche parecíamos recordar que éramos parte de la misma historia.

Ahora hasta la historia parece tener bandos.

Y eso debería preocuparnos.

Porque un país no se rompe únicamente cuando hay violencia, crisis económica o instituciones debilitadas.

También puede comenzar a romperse cuando sus ciudadanos dejan de reconocerse como parte de un mismo nosotros.

Y aquí está la paradoja de este 2026:

87 por ciento puede sentirse orgulloso de ser mexicano y, al mismo tiempo, podemos sentirnos cada vez más alejados unos de otros.

No es una contradicción.

Podemos amar profundamente a México y estar cansados de la manera en que nos estamos tratando entre mexicanos.

Podemos sentir orgullo por nuestra bandera y estar hartos de que la política convierta cada diferencia en una batalla.

Podemos celebrar la Independencia y preguntarnos qué tan independientes somos realmente de las narrativas políticas que intentan decirnos quiénes son los buenos y quiénes son los malos.

Por eso quizá el problema de este Grito no estuvo en una palabra, en un nombre omitido o en un nombre añadido.

El problema es mucho más profundo.

El Grito ocurre una vez al año. La polarización ocurre todos los días.

Y cuando todos los días nos enseñan a desconfiar del que piensa diferente, resulta difícil que una noche de septiembre consiga reconstruir lo que once meses de confrontación han ido desgastando.

Antes, cuando gritábamos “¡Viva México!”, no necesitábamos saber quién estaba parado junto a nosotros.

Era mexicano.

Eso bastaba.

Hoy parece que antes de compartir el grito necesitamos saber quién lo pronuncia.

¿Es de los nuestros?

¿Piensa como nosotros?

¿Votó como nosotros?

¿Apoya al gobierno?

¿Lo critica?

¿Es de izquierda?

¿Es de derecha?

Y entonces el “Viva México” deja de ser un punto de encuentro y se convierte, también, en otra oportunidad para medir nuestras diferencias.

Qué desperdicio.

Porque México es demasiado grande para caber dentro de un partido.

Demasiado antiguo para pertenecerle a un gobierno.

Demasiado diverso para ser propiedad de una ideología.

Y demasiado nuestro como para permitir que la política nos quite hasta la posibilidad de celebrarlo juntos.

Tal vez por eso deberíamos recuperar septiembre.

No el septiembre de los discursos oficiales.

No el septiembre de los espectáculos.

No el septiembre de los partidos.

El septiembre de todos.

El de la familia reunida.

El de la bandera en la ventana.

El de la plaza llena.

El de los niños aprendiendo que hubo hombres y mujeres que imaginaron un país distinto.

El de la música, la comida y la memoria.

Y, sobre todo, el de esa frase sencilla que durante generaciones no necesitó explicación:

¡Viva México!

Ojalá algún día podamos volver a gritarla sin preguntarnos quién está gritando al lado.

Porque quizá eso es lo que verdaderamente hemos perdido.

No el orgullo de ser mexicanos.

La costumbre de sentirnos mexicanos juntos.

Monday, September 14, 2026

Los Cinco Soles: Cosmovisión Mexica

LA COSMOVISIÓN MEXICA

Los Cinco Soles: un universo condenado a renacer

Por PEPEX para El Diario de Campeche

Para los mexicas, el mundo no era eterno ni estaba destinado a permanecer para siempre.

El universo había nacido, había sido destruido y había vuelto a nacer. Y la época en que vivían tampoco era definitiva: era solamente una etapa más dentro de un enorme ciclo cósmico.

Esta concepción quedó plasmada en la tradición de los Cinco Soles, una de las expresiones más poderosas de la cosmovisión mesoamericana.

Cada Sol representaba una era. Cada era tenía sus propias fuerzas divinas, sus seres humanos y, finalmente, su propia destrucción.

Y detrás de todo existía una idea fundamental: el cosmos debía mantenerse en movimiento y ser alimentado para continuar existiendo.


CINCO SOLES, CINCO MUNDOS

I. Nahui Ocelotl — 4 Jaguar

El primer mundo estuvo asociado con Tezcatlipoca.

Durante esta era vivieron seres humanos que, según la tradición, eran gigantes. El final llegó cuando los jaguares irrumpieron y devoraron a los habitantes del mundo.

Así terminó el primer Sol.

Destrucción: los jaguares.
Destino de los humanos: fueron devorados.


II. Nahui Ehécatl — 4 Viento

El segundo Sol estuvo relacionado con Quetzalcóatl.

Esta vez fue el viento el que puso fin a la era. Un enorme huracán arrasó el mundo y los seres humanos que sobrevivieron fueron transformados en monos.

La transformación no era solamente una forma de castigo: mostraba que cada destrucción producía también una nueva forma de existencia.

Destrucción: un viento devastador.
Destino de los humanos: fueron convertidos en monos.


III. Nahui Quiáhuitl — 4 Lluvia

El tercer Sol estuvo relacionado con Tláloc, señor de la lluvia.

Pero aquella lluvia no trajo fertilidad.

El mundo terminó bajo una lluvia de fuego que consumió la creación. En algunas versiones de la tradición, los seres humanos sobrevivientes fueron transformados en aves.

Destrucción: lluvia de fuego.
Destino de los humanos: transformación.


IV. Nahui Atl — 4 Agua

El cuarto Sol fue gobernado por Chalchiuhtlicue, asociada con las aguas.

El agua que normalmente permite la vida se convirtió en la fuerza de destrucción.

Una enorme inundación acabó con el mundo. Los seres humanos que sobrevivieron fueron transformados en peces.

Destrucción: una gran inundación.
Destino de los humanos: fueron transformados en peces.


V. Nahui Ollin — 4 Movimiento

Y llegamos al mundo en el que, según la tradición mexica, vivimos.

El Quinto Sol, llamado Nahui Ollin, significa 4 Movimiento.

Su característica fundamental es precisamente el movimiento: nada permanece completamente estable.

El destino de este Sol está asociado con grandes movimientos de la tierra y terremotos.

Para los mexicas, por lo tanto, el mundo actual tampoco era permanente.

La destrucción final todavía no había ocurrido.


UN MUNDO QUE NECESITA ALIMENTO

Aquí encontramos una de las ideas más importantes de la cosmovisión mexica.

Para los mexicas, los seres humanos no estaban separados de los dioses ni de las fuerzas naturales. Todo formaba parte de una relación de intercambio.

Los dioses habían entregado su fuerza para crear y mantener el mundo.

Los seres humanos, a su vez, tenían la obligación de devolver algo.

De ahí la enorme importancia ritual de la sangre y del sacrificio.

No se trataba, dentro de aquella concepción religiosa, simplemente de matar: el sacrificio era entendido como una forma de reciprocidad cósmica, una manera de devolver energía a las fuerzas que mantenían funcionando el universo.

Por eso la sangre podía ser considerada un elemento precioso.

El mundo debía ser alimentado para continuar existiendo.


CUANDO LA TIERRA ERA UN MONSTRUO

La creación de la Tierra también tiene un origen extraordinario.

En uno de los relatos de la creación, los dioses se enfrentan a Cipactli, un enorme ser monstruoso asociado con la tierra y las aguas primordiales.

Después de derrotarlo y descuartizarlo, su cuerpo sirve para formar distintas partes del mundo.

La Tierra, por lo tanto, no aparece como un espacio inerte creado desde la nada.

Nace del cuerpo de un ser primordial.

Y ese origen ayuda a comprender otra característica de la cosmovisión mexica: la naturaleza estaba viva, poseía fuerzas propias y formaba parte de una compleja relación entre dioses, humanos y mundo natural.


QUETZALCÓATL Y EL NACIMIENTO DE LA HUMANIDAD

La humanidad también tiene un origen ligado al sacrificio.

Según la tradición, Quetzalcóatl descendió al Mictlán para recuperar los huesos de las generaciones humanas anteriores.

Con esos huesos y mediante su propia sangre se dio origen a la humanidad del nuevo mundo.

Pero todavía faltaba algo fundamental:

el alimento.

Quetzalcóatl consiguió el maíz, elemento esencial para la vida mesoamericana.

El relato convierte así al maíz en mucho más que un alimento.

Es parte del origen mismo de la humanidad.

El ser humano nace de los huesos, de la sangre y del maíz.


LA MUERTE NO ERA UN JUICIO MORAL

Otra diferencia fundamental con muchas concepciones posteriores de la muerte es que, para los mexicas, el destino del individuo después de morir no dependía principalmente de haber sido bueno o malo.

Importaba, sobre todo, cómo había muerto.

Los guerreros muertos en determinadas circunstancias y las mujeres que fallecían durante el parto tenían destinos particulares relacionados con el Sol.

Quienes morían por causas vinculadas con el agua podían llegar al Tlalocan, dominio asociado con Tláloc.

Para muchos otros muertos comenzaba el largo viaje hacia el Mictlán, el inframundo.

Ese viaje no era inmediato.

El difunto debía atravesar distintas regiones y enfrentar diversos obstáculos hasta alcanzar su destino.

Y en ese recorrido tenía un acompañante fundamental:

el xoloitzcuintle, el perro que podía ayudar al muerto a cruzar los caminos del inframundo.


EL UNIVERSO COMO UN CICLO

Los Cinco Soles nos muestran una visión del mundo radicalmente distinta a la idea de una creación única y definitiva.

Para los mexicas, crear y destruir formaban parte del mismo proceso.

Un mundo terminaba y otro comenzaba.

La vida dependía de la muerte.

La fertilidad estaba relacionada con el sacrificio.

Los dioses necesitaban de los seres humanos y los seres humanos dependían de las fuerzas divinas.

Y el Sol que iluminaba la existencia cotidiana también estaba sometido a un destino.

Por eso Nahui Ollin, el Quinto Sol, no representa un mundo seguro.

Representa un mundo que continúa moviéndose.


LO IMPORTANTE

La cosmovisión mexica no puede reducirse a una colección de dioses, monstruos y sacrificios.

Detrás de sus mitos existía una concepción completa del universo.

La vida, la muerte, los dioses, la naturaleza, el alimento y el sacrificio formaban parte de un mismo sistema.

El cosmos no estaba terminado.

Estaba ocurriendo.

Y mientras continuara ocurriendo, los seres humanos tenían una responsabilidad dentro de él.

Ese quizá sea el mensaje más profundo de los Cinco Soles:

el mundo puede existir, pero nunca puede darse por garantizado.

 

Monday, September 7, 2026

Cuando la burla reemplaza a la indignación



¿Y si reírnos de lo que nos indigna no siempre es una forma de resistir?

¿Y si incluso nos perjudica?


Hay algo extraño en nuestra manera de relacionarnos con la política. Un escándalo que hace unos años habría provocado indignación hoy puede convertirse en un meme en cuestión de minutos. Nos reímos, lo compartimos y pasamos al siguiente.


Quizá no haya nada malo en reírse.


Pero pensemos por un instante en algo mucho más cercano: una traición.


Imaginemos que descubres que tu pareja te ha sido infiel. En lugar de confrontarla, decides hacer bromas sobre lo ocurrido. Tus amigos se ríen. Tú también. Con el tiempo, la infidelidad termina convertida en una anécdota divertida.


Pero la traición sigue ahí.


El chiste no la resolvió. Solo consiguió hacerla más tolerable.


¿Puede ocurrir algo parecido cuando hacemos comedia de la política?


La sátira política no tiene nada de malo. Al contrario. Burlarse del poderoso puede ser una forma de crítica. El humor puede desnudar contradicciones, exhibir hipocresías y hacer evidente el absurdo.


Pero existe una diferencia entre utilizar el humor para mostrar un problema y convertir el problema en entretenimiento.


Decir que la presidente tiene "cara de loca" puede provocar una carcajada. Alguien puede considerarlo ingenioso y otra persona puede encontrarlo ofensivo.


Pero políticamente no demuestra nada.


No demuestra corrupción.


No demuestra incompetencia.


No demuestra una mentira.


No demuestra que una decisión haya perjudicado a la población.


Mientras hablamos de su aspecto, dejamos de hablar de sus decisiones.


Y eso es bastante significativo.


Analizar una decisión política requiere esfuerzo. Hay que conocer los hechos, revisar cifras, recordar promesas, comparar resultados y preguntar quién es responsable.


Para hacer un meme solo necesitamos una fotografía.


Entonces ocurre algo curioso.


El escándalo nos indigna.


Después aparece el meme.


Nos reímos.


Lo compartimos.


Y llega el siguiente escándalo.


Poco a poco, aquello que debería provocar indignación se convierte en una rutina.


La corrupción no desapareció. La mentira tampoco. El abuso continúa.


Lo que puede desaparecer es nuestra reacción ante ellos.


La risa tiene una característica maravillosa: libera tensión.


Precisamente por eso puede convertirse también en una forma de anestesia.


No necesariamente empezamos a pensar que la corrupción está bien. Simplemente dejamos de sentir la misma urgencia frente a ella.


Podemos seguir sabiendo que algo está mal y, al mismo tiempo, habernos acostumbrado a ello.


Ahí está el verdadero peligro.


Una sociedad puede estar perfectamente informada y, sin embargo, perfectamente anestesiada.


Podemos conocer todos los escándalos, compartir todos los memes y recordar todos los apodos sin hacer absolutamente nada.


Incluso podemos sentir que participamos en la conversación política porque publicamos algo ingenioso.


Expresar frustración no necesariamente significa ejercer presión.


Compartir un meme no equivale a exigir cuentas.


Reírse de una mentira no equivale a demostrarla.


Ridiculizar a un funcionario no equivale a cuestionar sus decisiones.


Volvamos a la pareja.


Puedes hacer veinte chistes sobre el amante. Puedes ponerle un apodo. Puedes convertir la infidelidad en la anécdota favorita de tus amigos.


Pero cuando llegues a casa, la persona que te traicionó seguirá ahí.


El chiste no resolvió nada.


Solo consiguió que durante unos segundos doliera menos.


Algo parecido puede suceder con la política.


El meme desaparece en unas horas. La decisión política puede afectar nuestra vida durante años.


Por eso, después de la risa, todavía quedan los hechos.

  • ¿Qué hizo?
  • ¿Cuánto costó?
  • ¿Quién se benefició?
  • ¿Qué prometió?
  • ¿Qué cumplió?
  • ¿Quién tiene que responder?


No tenemos que dejar de reírnos de nuestros gobernantes. Una sociedad que ya no puede burlarse del poder tendría un problema mucho más grave.


Pero tampoco deberíamos permitir que la carcajada sea siempre el punto final.


El humor puede abrir los ojos.


Pero también puede cerrarlos.


Todo depende de lo que hagamos después.


El problema no es el hecho de hacer comedia de algo serio.


El problema aparece cuando el meme se convierte en nuestra única forma de protesta.


Y entonces ocurre algo bastante incómodo:


Nos reímos del poder no porque lo hayamos enfrentado, sino porque hemos aprendido a soportarlo. 


La comedia es nuestra manera de "lidiar con tanta pudredumbre". Pero la realidad es que simplemente no deberíamos tolerar la corrupción y reirnos de sus actores y sus pifias no resuelve nada, incluso sirve de ayuda para suavizar la fricción con los ciudadanos, que encuentran en la risa un paliativo.

Thursday, August 27, 2026

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