Monday, October 5, 2026

¿Sabes qué hay en el tupper donde calientas tu comida? 🚨

A todos nos ha pasado: llegas con hambre, agarras el primer contenedor de plástico que ves en la cocina, le pones comida, lo metes al microondas y listo. Pero hay un pequeño detalle grabado en el fondo de esos envases que podría estar afectando tu salud sin que te des cuenta.

En la base de casi cualquier envase de plástico vas a encontrar un triángulo de reciclaje con un número adentro (del 1 al 7). Ese número no es solo para reciclar: te dice de qué está hecho y si es seguro usarlo con calor.

Los 3 números que debes evitar calentar 

  1. Número 3 (PVC): Contiene aditivos químicos que pueden liberarse al entrar en contacto con comida caliente.

  2. Número 6 (PS / Unicel): Es el típico envase blanco desechable para llevar. Al recibir calor o estar en contacto con grasa, puede desprender sustancias potencialmente tóxicas.

  3. Número 7 (OTHER / Otros): Mezcla distintos tipos de resinas que pueden incluir compuestos como el Bisfenol A (BPA), un químico que interfiere con el sistema hormonal.

¿Por qué debería importarte esto ahora?

Cuando calientas plásticos no aptos, los químicos que contienen no se quedan en el envase: se traspasan a tu comida. A corto plazo no notas nada, pero con el tiempo estos compuestos (conocidos como disruptores endocrinos) pueden alterar el equilibrio de tus hormonas.

Hack rápido para la cocina 💡

  • El número seguro: Busca siempre el Número 5 (PP - Polipropileno). Es el plástico más estable y resistente al calor (pero asegúrate de que diga "apto para microondas").

  • La mejor opción: Calienta o guarda tu comida en recipientes de vidrio o cerámica. Son 100% seguros, no guardan olores y te evitan cualquier riesgo.

La próxima vez que vayas a calentar algo, dale la vuelta al envase y revisa el número. ¡Un segundo de atención hace una gran diferencia para tu salud!

Saturday, September 26, 2026

La enfermedad del poder

Por PEPEX

Quiero proponer una hipótesis incómoda sobre la política contemporánea.

No pretendo presentarla como una verdad demostrada ni como un diagnóstico psicológico de los políticos. Es una idea que me parece suficientemente provocadora como para ponerla sobre la mesa:

quizá para llegar a los cargos más altos del poder político sea necesario desarrollar algunas características que pueden ser extraordinariamente útiles para conquistar el poder, pero bastante peligrosas cuando llega el momento de ejercerlo.

Mi provocación inicial fue todavía más lejos: preguntarme si, en determinados sistemas políticos, las personas capaces de alcanzar las posiciones más altas podrían ser precisamente aquellas con una necesidad de reconocimiento, poder y control mucho mayor que la de una persona común.

No estoy diciendo que los políticos estén clínicamente enfermos.

Estoy planteando algo diferente:

¿Y si el problema no estuviera necesariamente en la salud mental de quienes llegan al poder, sino en las características que el propio camino hacia el poder tiende a premiar?

Para convertirse en presidente, gobernador o dirigente nacional hay que quererlo muchísimo.

No basta con pensar que uno podría hacerlo bien. Hay que estar dispuesto a dedicar años de la vida a conseguirlo. Hay que soportar campañas, exposición permanente, críticas, derrotas, humillaciones públicas y una competencia feroz con otras personas que también creen que deberían ocupar el mismo lugar.

La mayoría de la gente probablemente tiene cosas mejores que hacer.

Pero de ahí no se desprende que la política seleccione automáticamente a las peores personas.

Sería una conclusión demasiado fácil.

Lo que propongo es algo más específico: el camino hacia el poder puede favorecer determinadas características personales y hacer que sean especialmente útiles para sobrevivir políticamente.

Una de ellas es la ambición.

Otra puede ser el ego.

Y ninguna de las dos es necesariamente mala.

Sin ambición, probablemente muchas personas capaces jamás intentarían ocupar cargos públicos. Sin cierta confianza en uno mismo, sería difícil soportar una carrera en la que millones de personas juzgan constantemente cada palabra, cada decisión y cada error.

El problema aparece cuando esas herramientas dejan de estar al servicio de un proyecto y comienzan a convertirse en el proyecto.

Porque existe una diferencia enorme entre querer poder para hacer algo y necesitar poder para sentirse alguien.

Cuando el poder es un medio, puede abandonarse.

Cuando el poder se convierte en parte de la identidad, abandonarlo puede empezar a sentirse como una tragedia personal.

Y ahí empieza a cambiar la relación con la política.

El candidato y el gobernante

Quizá una de las confusiones más peligrosas de nuestras democracias sea asumir que quien sabe conquistar el poder necesariamente sabe ejercerlo.

No son las mismas habilidades.

El candidato necesita convencer. Necesita movilizar emociones, construir una identidad, simplificar problemas complejos, generar confianza y mantener una narrativa durante años.

El gobernante necesita algo distinto.

Necesita administrar instituciones, procesar información contradictoria, escuchar a especialistas, aceptar límites, delegar, corregirse y tomar decisiones cuyos resultados pueden tardar años en aparecer.

El candidato puede vivir de una narrativa.

El gobierno tiene que enfrentarse a la realidad.

Y la realidad tiene una costumbre bastante desagradable: no siempre coincide con el discurso de campaña.

Un candidato puede decir: “Yo tengo la solución”.

Un gobernante descubre que casi nunca existe una solución sencilla.

Un candidato puede sobrevivir a una contradicción explicándola.

Un gobierno tiene que convivir con las consecuencias de esa contradicción.

Por eso me parece que aquí existe una falla importante en nuestra manera de evaluar a quienes aspiran al poder.

Confundimos con demasiada facilidad la capacidad de ganar una elección con la capacidad de gobernar.

Un ejemplo mexicano

Andrés Manuel López Obrador me parece un caso particularmente interesante para examinar esta hipótesis.

No porque su trayectoria demuestre por sí sola que la hipótesis sea cierta. No lo demuestra.

Lo interesante es precisamente que su carrera permite observar con claridad la diferencia entre capacidad política y capacidad de gobierno.

López Obrador fue un candidato extraordinariamente eficaz. Después de dos derrotas presidenciales consiguió mantener durante años una identidad política reconocible, construir una base electoral profundamente leal y convertir el rechazo a los partidos tradicionales en una plataforma capaz de llevarlo a la Presidencia en 2018.

Su triunfo fue también expresión de un descontento profundo con los partidos tradicionales y con problemas como la corrupción, la violencia y la desigualdad. (Brookings)

Eso es capacidad política.

Pero ganar una elección y gobernar un país son problemas diferentes.

Durante su administración también hubo resultados que sus defensores consideran fundamentales. Por ejemplo, los indicadores oficiales muestran una reducción de la pobreza laboral durante los últimos años de su gobierno, mientras que el salario mínimo experimentó incrementos sustanciales durante el sexenio. (CONEVAL)

Esos datos forman parte de la historia y sería intelectualmente deshonesto ignorarlos simplemente porque el argumento del ensayo resulte más cómodo sin ellos.

Pero tampoco son toda la historia.

Durante su gobierno hubo críticas importantes relacionadas con la seguridad, el papel creciente de las Fuerzas Armadas, la relación con organismos independientes y la concentración de poder en la Presidencia. Algunos análisis académicos y de política pública llegaron a considerar estos cambios una amenaza para los contrapesos institucionales. (Brookings)

No necesito convertir esas críticas en una sentencia definitiva sobre su gobierno.

Me interesa algo más.

¿Las características que hicieron de López Obrador un candidato extraordinariamente eficaz fueron necesariamente las mismas que necesitaba un presidente para gobernar eficazmente?

La respuesta no es evidente.

Su capacidad para mantener una narrativa política durante décadas fue una ventaja electoral extraordinaria.

Pero una narrativa poderosa puede convertirse en un problema de gobierno cuando comienza a competir con la evidencia.

Su capacidad para mantener una relación directa con sus seguidores fue una fortaleza política.

Pero un gobierno moderno necesita algo más que una relación entre líder y seguidores: necesita instituciones capaces de funcionar incluso cuando el líder no está de acuerdo con ellas.

Su enorme capacidad para resistir ataques políticos le permitió sobrevivir durante décadas.

Pero gobernar requiere algo diferente de resistir ataques: requiere saber cuándo una crítica contiene información que vale la pena escuchar.

Y aquí aparece el verdadero punto de mi hipótesis.

Una característica puede ser una virtud electoral y convertirse en un defecto administrativo cuando cambia el contexto.

La seguridad en uno mismo puede ayudar a ganar.

Pero un exceso de confianza puede impedir reconocer un error.

La disciplina narrativa puede construir una campaña.

Pero puede dificultar la corrección de una política equivocada.

La lealtad de los seguidores puede sostener un movimiento.

Pero puede convertirse en un problema cuando la lealtad empieza a ser más importante que la competencia.

Y la capacidad de confrontar adversarios puede movilizar a una sociedad.

Pero gobernar una sociedad requiere también convivir con quienes no votaron por ti.

La corrupción

Aquí entra otro elemento de mi hipótesis: la corrupción.

No creo que la corrupción aparezca necesariamente como una decisión gigantesca y consciente.

Con frecuencia puede comenzar de manera mucho más pequeña.

Un favor.

Una llamada.

Una excepción.

Un contrato.

Una persona cercana que necesita ayuda.

Una deuda política que debe pagarse.

El problema aparece cuando esas excepciones dejan de percibirse como excepciones.

Entonces cambia el lenguaje.

El favor se convierte en negociación.

La recompensa se convierte en reconocimiento.

El intercambio se convierte en gobernabilidad.

Y la utilización del poder para beneficiar a los propios comienza a presentarse como parte normal de hacer política.

Ese proceso es especialmente peligroso porque permite que alguien conserve una imagen positiva de sí mismo mientras realiza actos que, vistos desde fuera, podrían resultar profundamente cuestionables.

No hace falta que el político se considere corrupto.

Probablemente sea mucho más cómodo que nunca llegue a considerarse así.

Y nosotros también participamos

Aquí sería demasiado sencillo culpar exclusivamente a los políticos.

También nosotros formamos parte del mecanismo.

Nos gustan los candidatos seguros de sí mismos.

Nos gustan las respuestas contundentes.

Nos atrae quien promete soluciones sencillas para problemas complejos.

Preferimos muchas veces al que habla con absoluta certeza al que reconoce que no tiene todas las respuestas.

La duda parece debilidad.

La prudencia parece falta de carácter.

Admitir un error parece derrota.

Y decir “no sé” puede ser mucho menos atractivo que inventar una respuesta convincente.

Después elegimos a alguien que domina ese juego y esperamos que, una vez en el poder, se transforme mágicamente en un administrador prudente, institucional y autocrítico.

Quizá ahí esté parte del problema.

La verdadera enfermedad

Por eso ya no me interesa tanto la pregunta inicial de si los políticos están “enfermos”.

Es demasiado fácil.

La pregunta que me interesa es otra:

¿Qué características estamos premiando cuando elegimos a quienes tendrán poder sobre nosotros?

Porque quizá el problema no sea que la política seleccione necesariamente a los peores seres humanos.

Quizá el problema sea que las cualidades que ayudan a conquistar el poder no son necesariamente las cualidades que ayudan a ejercerlo responsablemente.

Y si eso es cierto, tenemos un problema que no se resuelve simplemente cambiando de candidato.

Podemos sustituir a una persona por otra y conservar exactamente los mismos incentivos.

Podemos cambiar de partido y conservar la misma obsesión por ganar.

Podemos cambiar de presidente y mantener una cultura política que premie la personalidad por encima de las instituciones.

Entonces el problema deja de ser exclusivamente quién ocupa el poder.

Empieza a ser qué tipo de persona tiene ventajas para llegar hasta él.

Quizá el ego sea útil para conquistar el poder.

Quizá la ambición sea indispensable.

Quizá cierta dosis de obsesión sea incluso necesaria.

Pero gobernar requiere algo que la campaña electoral rara vez premia:

la capacidad de reconocer los propios límites.

Y ahí puede estar la paradoja.

Tal vez no estemos eligiendo a los más enfermos.

Tal vez estemos confundiendo, elección tras elección, la capacidad de conquistar el poder con la capacidad de ejercerlo.

Y quizá esa confusión sea mucho más peligrosa que cualquier político individual.

Porque una persona puede ganar una elección gracias a su ego.

Pero un país entero puede terminar pagando el precio de que esa persona nunca haya aprendido a vivir sin él.


Wednesday, September 16, 2026

¿Qué pasó con septiembre?

Por PEPEX para El Diario de Campeche

Hubo un tiempo en que septiembre no necesitaba que nadie nos explicara que era el mes patrio.

Se sentía.

Se veía en las calles, en las escuelas, en los comercios, en las casas. Aparecían las banderas, los adornos tricolores, los puestos de comida, las verbenas y las reuniones familiares. Llegaba el 15 de septiembre y, por encima de nuestras diferencias, ocurría algo curioso: todos sabíamos qué hacer.

Gritábamos.

¡Viva México!

Y lo gritábamos juntos.

No importaba demasiado por quién habíamos votado. No importaba si éramos de izquierda o de derecha. No importaba si estábamos de acuerdo o en desacuerdo con el gobierno. Durante unos minutos, septiembre conseguía algo que la política casi nunca consigue: recordarnos que había algo que compartíamos.

Hoy esa sensación parece distinta.

No significa que los mexicanos hayamos dejado de querer a México. De hecho, los datos disponibles contradicen esa idea. Una medición de 2026 reporta que 87% de los mexicanos dice sentirse muy orgulloso de su nacionalidad.

Entonces, ¿qué es lo que cambió?

Quizá no el amor por México.

Quizá cambió nuestra capacidad para vivir ese amor juntos.

Y aquí la política tiene algo que explicar.

Durante los últimos años, el discurso político nacional se ha acostumbrado a dividir el escenario entre buenos y malos, entre el pueblo y sus adversarios, entre quienes están de un lado de la transformación y quienes están del otro.

No es un fenómeno exclusivo de un partido ni nació ayer. Pero sería ingenuo ignorar que el actual discurso político desde Palacio Nacional ha hecho de la confrontación con los adversarios una presencia cotidiana de la conversación pública.

Y cuando la política se convierte todos los días en una batalla por definir quién representa al pueblo y quién está contra él, la división termina saliendo de los discursos y entrando a nuestras casas.

La discusión política llega a la familia.

A la mesa.

A las redes sociales.

A las amistades.

Y también, inevitablemente, a las celebraciones nacionales.

Por eso este Grito merece algo más que revisar si la arenga fue correcta, si se mencionó a tal héroe o si faltó tal personaje.

Este año, la presidente Claudia Sheinbaum gritó por un México “libre, independiente y soberano” y añadió referencias a pueblos indígenas, afromexicanos, migrantes, igualdad, justicia y otros conceptos contemporáneos. La ceremonia reunió a más de 180 mil personas en el Zócalo y tuvo como parte central del espectáculo la presentación de Intocable.

Todo eso puede ser perfectamente válido.

Pero hay algo que debería preocuparnos más.

¿Por qué una ceremonia que debería ser de todos necesita cada vez más contenido político contemporáneo para decirnos quiénes somos?

El Grito no debería pertenecerle a un gobierno.

Tampoco a un partido.

Ni a una ideología.

El Grito debería pertenecernos a todos.

Porque Hidalgo no dio aquel grito para fundar Morena, el PAN, el PRI, la izquierda, la derecha o cualquier otra etiqueta política que hoy utilizamos para clasificarnos.

Lo dio en un momento en que todavía no existía México como nación independiente.

Y justamente por eso el símbolo debería estar por encima de nuestras disputas actuales.

Hay algo más.

Este año volvimos a ver un enorme despliegue de producción: escenario, artistas, iluminación, seguridad, cierres viales y una programación que convirtió el Zócalo en un gigantesco espectáculo.

Pero un espectáculo no necesariamente produce comunidad.

Puede producir audiencia.

Puede producir entretenimiento.

Puede producir imágenes espectaculares.

Pero la comunidad es otra cosa.

La comunidad aparece cuando alguien que piensa distinto a nosotros puede gritar lo mismo que nosotros sin que tengamos que preguntarle primero de qué lado está.

Y quizá eso es precisamente lo que estamos perdiendo.

No el orgullo.

No el amor por México.

La capacidad de compartirlo.

Porque México sigue teniendo motivos para celebrar. Sigue teniendo una cultura extraordinaria, una historia compleja, una identidad profunda y millones de personas que se sienten orgullosas de haber nacido aquí.

Lo que parece haberse erosionado es aquella pequeña tregua nacional que septiembre ofrecía.

Antes podíamos pasar once meses discutiendo y, cuando llegaba septiembre, por una noche parecíamos recordar que éramos parte de la misma historia.

Ahora hasta la historia parece tener bandos.

Y eso debería preocuparnos.

Porque un país no se rompe únicamente cuando hay violencia, crisis económica o instituciones debilitadas.

También puede comenzar a romperse cuando sus ciudadanos dejan de reconocerse como parte de un mismo nosotros.

Y aquí está la paradoja de este 2026:

87 por ciento puede sentirse orgulloso de ser mexicano y, al mismo tiempo, podemos sentirnos cada vez más alejados unos de otros.

No es una contradicción.

Podemos amar profundamente a México y estar cansados de la manera en que nos estamos tratando entre mexicanos.

Podemos sentir orgullo por nuestra bandera y estar hartos de que la política convierta cada diferencia en una batalla.

Podemos celebrar la Independencia y preguntarnos qué tan independientes somos realmente de las narrativas políticas que intentan decirnos quiénes son los buenos y quiénes son los malos.

Por eso quizá el problema de este Grito no estuvo en una palabra, en un nombre omitido o en un nombre añadido.

El problema es mucho más profundo.

El Grito ocurre una vez al año. La polarización ocurre todos los días.

Y cuando todos los días nos enseñan a desconfiar del que piensa diferente, resulta difícil que una noche de septiembre consiga reconstruir lo que once meses de confrontación han ido desgastando.

Antes, cuando gritábamos “¡Viva México!”, no necesitábamos saber quién estaba parado junto a nosotros.

Era mexicano.

Eso bastaba.

Hoy parece que antes de compartir el grito necesitamos saber quién lo pronuncia.

¿Es de los nuestros?

¿Piensa como nosotros?

¿Votó como nosotros?

¿Apoya al gobierno?

¿Lo critica?

¿Es de izquierda?

¿Es de derecha?

Y entonces el “Viva México” deja de ser un punto de encuentro y se convierte, también, en otra oportunidad para medir nuestras diferencias.

Qué desperdicio.

Porque México es demasiado grande para caber dentro de un partido.

Demasiado antiguo para pertenecerle a un gobierno.

Demasiado diverso para ser propiedad de una ideología.

Y demasiado nuestro como para permitir que la política nos quite hasta la posibilidad de celebrarlo juntos.

Tal vez por eso deberíamos recuperar septiembre.

No el septiembre de los discursos oficiales.

No el septiembre de los espectáculos.

No el septiembre de los partidos.

El septiembre de todos.

El de la familia reunida.

El de la bandera en la ventana.

El de la plaza llena.

El de los niños aprendiendo que hubo hombres y mujeres que imaginaron un país distinto.

El de la música, la comida y la memoria.

Y, sobre todo, el de esa frase sencilla que durante generaciones no necesitó explicación:

¡Viva México!

Ojalá algún día podamos volver a gritarla sin preguntarnos quién está gritando al lado.

Porque quizá eso es lo que verdaderamente hemos perdido.

No el orgullo de ser mexicanos.

La costumbre de sentirnos mexicanos juntos.