Monday, September 7, 2026

Cuando la burla reemplaza a la indignación



¿Y si reírnos de lo que nos indigna no siempre es una forma de resistir?

¿Y si incluso nos perjudica?


Hay algo extraño en nuestra manera de relacionarnos con la política. Un escándalo que hace unos años habría provocado indignación hoy puede convertirse en un meme en cuestión de minutos. Nos reímos, lo compartimos y pasamos al siguiente.


Quizá no haya nada malo en reírse.


Pero pensemos por un instante en algo mucho más cercano: una traición.


Imaginemos que descubres que tu pareja te ha sido infiel. En lugar de confrontarla, decides hacer bromas sobre lo ocurrido. Tus amigos se ríen. Tú también. Con el tiempo, la infidelidad termina convertida en una anécdota divertida.


Pero la traición sigue ahí.


El chiste no la resolvió. Solo consiguió hacerla más tolerable.


¿Puede ocurrir algo parecido cuando hacemos comedia de la política?


La sátira política no tiene nada de malo. Al contrario. Burlarse del poderoso puede ser una forma de crítica. El humor puede desnudar contradicciones, exhibir hipocresías y hacer evidente el absurdo.


Pero existe una diferencia entre utilizar el humor para mostrar un problema y convertir el problema en entretenimiento.


Decir que la presidente tiene "cara de loca" puede provocar una carcajada. Alguien puede considerarlo ingenioso y otra persona puede encontrarlo ofensivo.


Pero políticamente no demuestra nada.


No demuestra corrupción.


No demuestra incompetencia.


No demuestra una mentira.


No demuestra que una decisión haya perjudicado a la población.


Mientras hablamos de su aspecto, dejamos de hablar de sus decisiones.


Y eso es bastante significativo.


Analizar una decisión política requiere esfuerzo. Hay que conocer los hechos, revisar cifras, recordar promesas, comparar resultados y preguntar quién es responsable.


Para hacer un meme solo necesitamos una fotografía.


Entonces ocurre algo curioso.


El escándalo nos indigna.


Después aparece el meme.


Nos reímos.


Lo compartimos.


Y llega el siguiente escándalo.


Poco a poco, aquello que debería provocar indignación se convierte en una rutina.


La corrupción no desapareció. La mentira tampoco. El abuso continúa.


Lo que puede desaparecer es nuestra reacción ante ellos.


La risa tiene una característica maravillosa: libera tensión.


Precisamente por eso puede convertirse también en una forma de anestesia.


No necesariamente empezamos a pensar que la corrupción está bien. Simplemente dejamos de sentir la misma urgencia frente a ella.


Podemos seguir sabiendo que algo está mal y, al mismo tiempo, habernos acostumbrado a ello.


Ahí está el verdadero peligro.


Una sociedad puede estar perfectamente informada y, sin embargo, perfectamente anestesiada.


Podemos conocer todos los escándalos, compartir todos los memes y recordar todos los apodos sin hacer absolutamente nada.


Incluso podemos sentir que participamos en la conversación política porque publicamos algo ingenioso.


Expresar frustración no necesariamente significa ejercer presión.


Compartir un meme no equivale a exigir cuentas.


Reírse de una mentira no equivale a demostrarla.


Ridiculizar a un funcionario no equivale a cuestionar sus decisiones.


Volvamos a la pareja.


Puedes hacer veinte chistes sobre el amante. Puedes ponerle un apodo. Puedes convertir la infidelidad en la anécdota favorita de tus amigos.


Pero cuando llegues a casa, la persona que te traicionó seguirá ahí.


El chiste no resolvió nada.


Solo consiguió que durante unos segundos doliera menos.


Algo parecido puede suceder con la política.


El meme desaparece en unas horas. La decisión política puede afectar nuestra vida durante años.


Por eso, después de la risa, todavía quedan los hechos.

  • ¿Qué hizo?
  • ¿Cuánto costó?
  • ¿Quién se benefició?
  • ¿Qué prometió?
  • ¿Qué cumplió?
  • ¿Quién tiene que responder?


No tenemos que dejar de reírnos de nuestros gobernantes. Una sociedad que ya no puede burlarse del poder tendría un problema mucho más grave.


Pero tampoco deberíamos permitir que la carcajada sea siempre el punto final.


El humor puede abrir los ojos.


Pero también puede cerrarlos.


Todo depende de lo que hagamos después.


El problema no es el hecho de hacer comedia de algo serio.


El problema aparece cuando el meme se convierte en nuestra única forma de protesta.


Y entonces ocurre algo bastante incómodo:


Nos reímos del poder no porque lo hayamos enfrentado, sino porque hemos aprendido a soportarlo. 


La comedia es nuestra manera de "lidiar con tanta pudredumbre". Pero la realidad es que simplemente no deberíamos tolerar la corrupción y reirnos de sus actores y sus pifias no resuelve nada, incluso sirve de ayuda para suavizar la fricción con los ciudadanos, que encuentran en la risa un paliativo.